Humo


Me he animado una vez más y he escrito mi tercer cuento para cuentascuentos.org. Esta vez trata del humo que espesa nuestras vidas:

Su mundo estaba plagado de enormes chimeneas humeantes, gigantes e inagotables, de donde salía una espesa humareda y hacía que todo lo que le rodeaba estuviera cubierto de una gruesa capa de ceniza. El bruno hollín se pegaba a las chimeneas como la piel al cuerpo e impedía ver su naturaleza, así que con el paso del tiempo, todas las chimeneas le fueron pareciendo iguales.

Debido al humo, sólo alcanzaba a ver una docena de estas chimeneas, pero era consciente que había muchas, muchas más y de diversa índole; unas más altas y otras no tanto, unas con un humo denso y cargante y otras con humo suave e incluso aromático, unas más queridas y otras odiadas hasta la médula, pero al fin y al cabo, todas ellas expelían humo, el cual le impedía tener una vista clara de todo lo que le rodeaba. No obstante no todos los días eran iguales, pues en ocasiones podía ver más allá, aunque a duras penas lograba descifrar algo del entorno que le envolvía.

Humos

Sus días pasaban sin más y la dinámica era siempre la misma. Todo era humo alrededor, como una espesa niebla de diciembre y cada intento de ver más allá era impedido por esta. Debido a todo aquel humo, su antigua y admirable determinación se había convertido en infinitos ‘debería’, ‘podría’ y ‘habría’.

Sin embargo un día, el hartazgo de tanto humo supero sus propios límites, por lo que decidió derribar las chimeneas, empezando por la que tenía más cerca. Sabía que tenía fuerza suficiente para derribarla, así que se remangó y comenzó a empujar aquella estructura. Nada más tocar la chimenea descubrió que no era de color negro, como a simple vista parecía, sino que era la capa de hollín la que hacía que pareciera negra: ahora sus manos estaban ennegrecidas y se podía descifrar el verdadero color de aquella chimenea. Había olvidado que un día, hacía ya mucho tiempo, era de un intenso y bonito color rojo y que el humo que salía entonces era tenue y embriagador.

Mientras se miraba sus tiznadas manos, empezó a recordar el origen de aquella chimenea como si se tratara de un recuerdo evocado por el olor, el cual se graba en la memoria de una forma especial. Acto seguido, y con su rostro lleno de lágrimas, se quitó lentamente su camisa y comenzó a frotar suavemente la chimenea dejando ver poco a poco su color y una inscripción donde podía leer el nombre de su pareja.

Poco a poco se iba dando cuenta de lo que estaba pasando: con el paso del tiempo todas las chimeneas le terminaron pareciendo iguales, pero no era así. El tránsito de todos aquellos días grises borró de su memoria que algunas de las chimeneas le eran imprescindibles. Estaba triste por haber intentado derribar la chimenea que representaba a su amor, pero a la vez alegre por no haberlo logrado.

Tras secarse las lagrimas su rostro cambió y, de repente, su esfumada determinación volvió a su ser con fuerzas totalmente renovadas; ahora era de nuevo la persona que un día fue.

Se dispuso a acabar con aquella situación, así que se dirigió una por una al resto de chimeneas con su ya sucia camisa en mano y comenzó a limpiar el hollín de cada una de ellas, y tras comprobar su naturaleza iba derribando aquellas que no le interesaban, empezando por las que representaban elementos fútiles como la chimenea de la televisión o la de los periódicos que últimamente emitían un tóxico humo amarillo. También derribó alguna chimenea que, a pesar de ser en cierto sentido útil, su humo le estaba asfixiando, como la chimenea del trabajo y alguna que otra ‘amistad’. Así, una tras otra, fue limpiando su mundo de aquellas chimeneas que lo intoxicaban y, a pesar de que las que quedaron en pie aun expelían algo de humo, este no era suficiente para nublarle ni su vista ni sus pensamientos. Ahora, lo tenía todo claro.

…y tu, ¿aun no te has dado cuenta de todo el humo que te rodea? ¿A que esperas para derribar las chimeneas que no necesitas?

 

Bueno, ahora que has terminado de leerlo, me gustaría hacerte una pregunta: ¿el personaje principal del cuento es un hombre o una mujer?

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La maldición


El segundo cuento que he escrito para el proyecto cuentascuentos.org está basado en una redacción que hice en inglés para la escuela de idiomas (puedes verlo aquí), y que he traducido y ampliado para la ocasión. Esta vez es algo más largo que Roble, el peluche guardian y menos original, aunque creo que el texto esta más elaborado. Aquí está:

Han pasado océanos de tiempo antes de que pudiera reunir las fuerzas suficientes para contar mi historia. Quizá a cualquier otra persona le resultaría bastante sencillo comenzar, pero el inmenso dolor que empapa el baúl de mis recuerdos hace que para mí no sea una tarea sencilla…

Todo empezó una fría noche de agosto de 1919, cuando aún vivía en aquel pequeño pueblo de montaña, no demasiado alejado de la capital, donde prácticamente todo el mundo se conocía. Por aquel entonces la gripe ya me había arrebatado a mis padres y, a pesar de mis recién cumplidos 18 y de vivir en completa soledad, no se me hacía tan duro, al menos no tanto como ahora.

Después de cenar tenía costumbre, sobre todo en los meses estivales,  de dar un paseo por un solitario camino que recorría parte del enorme bosque que rodeaba el pueblo, aunque no se llegaba a alejar mucho del mismo, pues sólo me llevaba unos 40 minutos recorrerlo. Recuerdo que aquella noche de verano era especialmente helada, mucho más que cualquier otra noche de las que ya he vivido durante todos estos años, lo que me hizo recapacitar sobre si realizar o no mi caminata. Supongo que el hombre es un animal de costumbres y por eso salí aquella noche de casa, aunque cada día desde entonces me he preguntado porque salí, cuando realmente algo en mi interior me decía que no lo hiciera.

Cuando comencé mi travesía el sol se acababa de poner y Venus brillaba poderoso en el firmamento, aunque poco a poco una redonda y lúgubre luna, con su silenciosa e inevitable salida por el horizonte opuesto, le iba restando poder al planeta.

A excepción de la daga que me regaló mi padre cuando cumplí los 16 y que siempre llevaba encima desde que falleció, mi atuendo para los paseos era bastante liviano, por lo que el frío ya empezaba a calar mis huesos y las manos comenzaban a entumecerse, así que aceleré la marcha para intentar entrar en calor.

Ya faltaba poco para llegar de nuevo a casa cuando lo oí; lo que inicialmente me parecieron quejidos de algún animal se tornaron en gritos de espanto de una mujer, los cuales provenían de una zona algo alejada del camino, internándose en el espeso boscaje. Por aquel entonces era un chico valiente, y algo insensato, así que desenfundé mi daga y me dirigí raudo hacia aquellos amargos chillidos.

La estampa que me encontré al llegar aun la tengo violentamente grabada en mi memoria: una enorme bestia muy parecida a un lobo estaba retorciéndose de dolor delante de una bella mujer de cabellos claros. Mi cuerpo al completo quedó paralizado de terror, sin llegar si quiera a creerme lo que estaba viendo. De repente, la bestia dejó de retorcerse y comenzó a mirar fijamente a la mujer, la cual comenzó a huir hacia el camino ante aquella espeluznante mirada. La bestia le dio unos pocos segundos de angustiosa ventaja antes de salir detrás de ella. La movilidad volvió de nuevo a mi cuerpo y sin pararme si quiera a pensar, me dirigí lo más rápido que pude hacia la bestia, daga en mano.

Aquel ser aun no había reparado mi presencia por lo que el primer golpe lo asesté yo justo antes de que pudiera alcanzar a la chica, la cual tropezó en aquel momento: clavé mi daga sobre su costado derecho y la retorcí 90 grados sobre si misma. Esa lesión hubiera sido más que suficiente para derribar a un hombre de gran tamaño, pero parecía no ser suficiente para la bestia, que acto seguido se giró y me miró desafiante. Su expresión aterradora reflejaba dolor, una inmensa rabia y quizá algo de locura. La herida sangraba abundantemente, pero aun así, me lanzó un fuerte zarpazo que me desplazó un par de metros, haciéndome caer de espaldas. A continuación se abalanzó sobre mí; le sujeté firmemente la garganta pero no era rival para su fuerza inhumana y consiguió morderme en mi hombro izquierdo. A pesar de que no fue una herida mortal, el dolor era insoportable, muy similar a una quemadura química. Tras la mordedura, conseguí zafarme y pude observar que, quizá debido al esfuerzo, la herida de aquel ser bombeaba todavía más y más sangre, lo que hizo que comenzará a debilitarse. Se levantó y se dirigió moribundo hacia la mujer, que yacía expectante e inmóvil tras su caída. Cuando llegó junto a ella, se desplomó como un árbol y ya no volvió a levantarse nunca más. Ahora el único sonido que inundaba el bosque era los sollozos de la chica. Me acerqué para consolarla y conforme me iba acercando pude comprobar con horror que aquella bestia se iba transformando lentamente en un chico de mi edad, mientras ella me decía con voz temblorosa mientras lloraba:

– ¡Era mi novio! ¡Era mi novio!

Días más tarde comprendí que lo que realmente había dañado a aquella criatura fue el material de mi daga; no se trataba de una daga normal, sino que la había forjado mi padre a partir de una colección de monedas de plata que había heredado de mi abuelo. Mi padre sabía que aquella colección tenía mucho valor, aunque no para él, pues el recuerdo de mi malogrado abuelo atormentaba sus días, de ahí que decidiera darle otro uso y transformar aquello que era doloroso para él en algo que pudiera ser útil para alguien querido.

Los años pasaron lentos y amargos, y a pesar de ello, apenas hacían mella en mi rostro. Hoy, casi un siglo después de este suceso, sigo guardando la daga con la única esperanza de usarla sobre mi mismo, ya que desde aquel fatídico día la maldición del lobo cayó sobre mí y ahora yo soy la bestia.

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Roble, el peluche guardian


Este es el cuento que he escrito para el proyecto cuentascuentos.org y que desarrollé tras observar la imagen que use en esta entrada. Es bastante corto, así que no os aburrirá durante mucho tiempo!! Ahí va, a ver si os gusta:

Mi nombre es Roble y si, soy un osito de peluche. Hay muy pocos niños que lo sepan, quizá un puñado en todo el mundo, pues la inmensa mayoría no recuerda sus sueños al despertarse, en parte, porque hacemos muy bien nuestro trabajo. Es por esto por lo que os voy a explicar un poco la historia de mi raza, ya que es bastante probable que la desconozcáis: todos los muñecos de peluche nacemos con alma, aunque sólo tomamos conciencia cuando nuestro protegido (así es como llamamos a los niños que nos asignan), tras darnos mucho cariño y ternura, comienzan a soñar, y es precisamente en los sueños donde trabajamos.

Nuestra misión normalmente es acompañar y guiar a nuestros protegidos en los sueños, y si hay algún problema, defenderles para que puedan descansar tranquilos. A pesar de nuestro tamaño somos muy fuertes y rápidos, y cuanto más peligroso es el sueño, más poderosos nos volvemos. Por suerte, la mayoría de las veces los sueños de nuestros protegidos son tranquilos y agradables, aunque desgraciadamente esto no siempre es así para todos…

Abril es mi protegida: es una niña de un año, muy lista, risueña y bastante traviesa. Por el día siempre está jugando, riendo y parloteando, incluso conmigo, pero cuando cae en los brazos de Morfeo la cosa cambia. Se dice que cuanta más imaginación tiene un niño, más terribles son sus pesadillas y creedme, Abril debe de tener una imaginación asombrosa, pues las más horripilantes bestias vienen a perturbarla cada noche, sin embargo, ella duerme tranquila pues por muy grandes y feroces que sean los personajes de sus sueños, su cariño me hace invencible y siempre logro derrotarlos para que no molesten a mi pequeña protegida.

Roble, el peluche guardian

Ni te atrevas a tocarla

Abril se despierta cada día con una sonrisa, y es la mejor señal de que he hecho bien mi trabajo. Duerme tranquila pequeña.

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